Por culpa de unos chatarreros, un desastre nuclear en Brasil

Leide das Neves Ferreira es, probablemente, la única niña de la historia que se ha comido un sandwich de Cesio 137. Fascinada por el polvo azul luminiscente, untó además todo su cuerpo con el elemento radiactivo en presencia de su madre y poco después de que su padre comprase el polvo mágico a unos conocidos chatarreros. Leide y familiares descansan hoy en ataúdes de plomo tras morir y desencadenar un caos monumental en la ciudad brasileña de Goiania. La revista Time calificó el incidente nuclear como uno de los peores de la historia.


El hurto de la fuente

El Instituto Goiano de Radioterapia (IGR), una clínica privada localizada a un kilómetro al noroeste de Praça Cívica, fue abandonado en 1985. Una unidad de teleterapia, con Cesio 137 en su interior, fue abadonada en el inmueble. A lo largo de los años siguientes, muchas personas sin hogar, okupas y chatarreros entraron en el edificio. El 13 de septiembre de 1987, dos hombres (Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira) encontraron el aparato de teleterapia y lo llevaron en carretilla a la casa de dos Santos Alves, a unos 600 metros del hospital abandonado. Allí desmantelaron el equipamiento, extrayendo la cápsula de cesio de su carcasa de protección. La radiación gamma emitida por la ventada de iridio de la cápsula provocó náuseas a los dos hombres tras un par de días, pero pensaron que se debía a algo que habían ingerido. La exposición ocasionó quemaduras por radiación en sus cuerpos, y uno de ellos tuvo que someterse posteriormente a la amputación de un brazo.

Mano de uno de los chatarreros
Ruptura de la fuente

Los dos hombres intentaron abrir la cápsula, pero no lo consiguieron. Pocos días después, sin embargo, uno de ellos rompió la ventana de iridio, lo que le permitió observar que el cloruro de cesio emitía una profunda luz azul. A pesar de intentar extraerlo, finalmente acabó rindiéndose.

La razón de la emisión de la luz no era conocida en el momento en que la AIEA emitió el reporte. La luz podría deberse a fluorescencia o a radiación de Cherenkov, asociada a la absorción de humedad por parte de la fuente. Una luz similar fue observada en 1988 en el Oak Ridge National Laboratory durante la desencapsulación de una fuente de Cesio 137.

Venta y desmantelamiento de la fuente

El 18 de septiembre Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira vendieron las piezas a una chatarrería cercana. Esa noche, Devair Alves Ferreira, propietario de la chatarrería, estaba en el garaje y vio el resplandor azul de la cápsula de cesio. En los días siguientes invitó a amigos y familiares a ver la sustancia luminosa. Ferreria intentó hacer un anillo para su esposa, Gabriela Maria Ferreira, con dicho material.

Muchas personas que visitaron la chatarrería y el hogar de Alves Ferreira entraron en contacto con el polvo, resultando contaminadas y desperdigándolo por la ciudad. Ivo, hermano de Devair Alves Ferreira, usó el polvo para pintarse una cruz azul resplandeciente en el abdomen. También contaminó los animales de su granja, muchos de los cuales murieron. Un amigo de Alves Ferreira abrió a martillazos la cobertura de plomo del dedal, y el 25 de septiembre el propio chatarrero vendió los desechos metálicos a otro desguace, cuyo propietario sobrevivió al incidente.

Ivo Alves Ferreira extrajo el polvo de la fuente, a pocos metros de su casa, y lo esparció por el suelo. Su hija Leide das Neves Ferreira, de seis años, estuvo posteriormente comiendo sentada en el suelo, con lo que absorbió parte del material radioactivo (un gigaberquelio, suponiendo una dosis de 6 Gy). Leide estaba tan fascinada con el resplandor azul del suelo que se lo untó en su cuerpo y se lo mostró a su madre.

Leide confinada en solitario en el hospital
Alerta a las autoridades

Gabriela Maria Ferreira fue la primera que se dio cuenta de la relación entre la presencia del material y la enfermedad de varias personas de su entorno. El 28 de septiembre, dos semanas después del robo de la fuente, Gabriela fue en autobús con uno de los empleados de la chatarrería a un hospital, transportando la fuente en una bolsa plástica. Allí, el físico Paulo Roberto Monteiro sospechó que la fuente era peligrosa, y la mantuvo alejada de sí mismo y de otras personas. Gabriela falleció el 23 de octubre.

Restos del Cesio 137 y la cápsula de iridio sobre la silla del Hospital Municipal
La maqueta-modelo del autobús fue recreado, y se estimó la peor posibilidad de irradiación para un pasajero durante los 15 minutos que duró el trayecto, lo que se tradujo en un cálculo de unos 0,3 Sv en las piernas, una dosis lo suficientemente baja como para no ocasionar el síndrome de radiación aguda. En el caso hipotético de que el pasajero estuviera separado 2,7 metros de la fuente, la dosis habría bajado a 0,04 Sv. Con estas estimaciones, y a pesar de que las dosis eran superiores a las recomendadas por las autoridades sanitarias, difícilmente habrían ocasionado daños futuros.

Detección de la fuente radiactiva

En la mañana del 29 de septiembre un físico visitó el hospital donde se encontraba alojada la fuente, analizándola con un contador de centelleos, lo que confirmó la presencia de radiactividad. Este incidente fue reportado esa misma tarde.

Responsabilidades

Debido a los fallecimientos, a los tres médicos que fueron encargados de mantener y operar el aparato de radioterapia se les atribuyeron cargos por homicidio por negligencia. El argumento esgrimido fue la enorme negligencia de los ex-responsables, que dejaron abandonado un aparato potencialmente peligroso. El accidente demostró la importancia de que las autoridades públicas procedan a inventariar y monitorizar cualquier fuente importante de radiación.

En el año 2000, una sentencia de la octava corte federal del Estado de Goirás ordenó a la Comisión Nacional de Energía Nuclear de Brasil a compensar a las víctimas con 1,3 millones de reales (unos € 560.000), así como garantizarles tratamiento médico y psicológico, incluyendo también a sus descendientes de segunda y tercera generación.

Dado que el accidente ocurrió antes de la promulgación de la Constitución Federal de 1988, y como el aparato de radioterapia había sido adquirido por el IGR y no por los médicos, estos no pudieron ser declarados responsables. Sin embargo, uno de los médicos debió pagar 100.000 reales (unos € 43.000) para sufragar el acondicionamiento de las instalaciones abandonadas. Por su parte, los chatarreros no fueron acusados en ningún momento.

Descontaminación

Para descontaminar jardines y zonas terrosas afectadas por el cesio tuvo que retirarse unos dos centímetros de tierra de numerosas zonas, así como proceder a la demolición de varias casas. Todos los objetos que pudieron entrar en contacto con la sustancia fueron confiscados y estudiados minuciosamente, guardándose en bolsas de plástico aquellos que estuvieran libres de radiactividad, y procediéndose a la descontaminación de los otros, o bien procediendo a su destrucción controlada, basándose en la relación entre el valor residual del objeto y el coste de su descontaminación.

La AIEA, sin embargo, reconoció que para reducir el impacto psicológico, deberían invertirse todos los esfuerzos posibles en descontaminar los objetos personales, sobre todo joyas, fotografías y otros enseres de alto contenido sentimental. Sin embargo, se desconoce en qué grado se siguió esta recomendación.

Zona Cero y procesos de descontaminación, click para ampliar

Después de desalojar las viviendas, el polvo fue recogido con aspiradoras especiales, y se revisó el sistema de cañerías en busca de restos radiactivos. Se arrancó la pintura de las paredes, el suelo fue tratado con una mezcla de ácido y azul de Prusia. Los residuos de la limpieza fueron almacenados lejos de la ciudad. El azul de Prusia también fue usado para descontaminar el organismo de los afectados, y su orina fue tratada para compactar los residuos y evitar su vertido accidental a las aguas de alcantarilla.

El alumbre de potasio disuelto en ácido clorhídrico fue usado en arcilla, cemento, suelos y techos, debido a la gran afinidad que el cesio tiene con los productos arcillosos. Por su parte, las superficies engrasadas o enceradas fueron tratadas con disolventes orgánicos antes de aplicar la mezcla anterior, mientras que el hidróxido de sodio fue utilizado como tratamiento previo sobre suelos sintéticos y electrodomésticos.

Afectados por la radiación, Fallecimientos


Tumba actual de Leide

  • Leide das Neves Ferreira, 6 años, era la hija de Ivo Ferreira. Inicialmente, cuando un equipo de salvamento procedió a su tratamiento, fue aislada en una habitación especial porque el personal del hospital tenía miedo de entrar en contacto con ella. Entre los síntomas se registraron hinchazón, caída del pelo, hemorragias internas y daños en pulmones y riñones. Murió el 23 de octubre de 1987 y fue enterrada en un ataúd de plomo, sepultado por cemento.
  • Gabriela Maria Ferreira, 38 años, esposa del chatarrero Devair Ferreira, cayó enferma tres días después de entrar en contacto con la sustancia. Su estado empeoró y registró hemorragias internas, especialmente en las extremidades, ojos y tracto digestivo, así como caída del cabello. Murió el 23 de octubre de 1987.
  • Israel Baptista dos Santos, 22 años, era un empleado de Devair Ferreria, que trabajó con la fuente radiactiva para extraer el plomo. Desarrolló serias complicaciones respiratorias y linfáticas. Fue ingresado el 21 de octubre de 1987 y murió seis días después.
  • Admilson Alves de Souza, 18 años, también era un empleado de Devair Ferreira, y también trabajó con la fuente radiactiva. Sufrió daños pulmonares y hemorragias internas, y falleció el 18 de octubre de 1987.
Vía: Foro Cualquiera

3 comentarios:

konzertmond dijo...

Hey talves les interese esto

http://ichmussnochweiterscheissen.wordpress.com/2011/10/09/the-radiological-accident-in-san-salvador/

Anónimo dijo...

Discrepo con el título de tu archivo. Sin ofender jeje, pero es que soy profesora y siempre trabajo este tema con mis alumnos y ellos opinan como tú, siempre hacen comentarios como "ahh todo por los junta papeles" etc, etc, yo creo que la culpa no es de los dos pobtres hombres ignorantes. Para mi la culpa recae en los médicos que dejaron abandonada esa clínica, quienes conocían perfectamente que contenía ese equipo de teleterapia...
Mi humilde opinión, saludos

Anónimo dijo...

Ah por cierto muy buena la información!

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